domingo, 25 de enero de 2009

Hay peores cárceles que las palabras


El hambre hace maullar al gato, pero paso de él olímpicamente. La campana estridente del microondas suena como una bofetada y me provoca una reacción parecida, mañana desayunaré algo frío para no martirizarme con el pitidito. ¡Lo que me faltaba! El café ardiendo, como siempre. Estos aparatos eléctricos cada vez son menos útiles. Cojo las galletas María y, al primer intento de probar bocado, cae la mitad de una de ellas en la taza, salpicándolo todo.

Suena el timbre del portal una vez, y otra… el cartero. En mi casa, como en la película, el cartero siempre llama dos veces. Dejo allí abandonado el desayuno con la esperanza de que se enfríe y sea comestible. Arrastrando los pies a lo largo del pasillo llego como una zombi hasta la puerta de la calle.

El pobre hombre dio un respingo en cuanto le abrí. No era de extrañar, cualquiera se asustaría al verme con la bata de estar por casa, las zapatillas puestas del revés, la cara pálida, unas ojeras amoratadas y el pelo como si fuera un león. En seguida recuperó la compostura:

--Señora…

--Señorita, si no le importa.

--Usted perdone, señorita. Ha llegado su correo esta mañana. Es un certificado. ¿Podría firmar aquí?

--Claro.

Y me entregó una carta sin remitente. Se me debió iluminar el rostro, porque el cartero antes de despedirse me devolvió una sonrisa, pensado que se la dedicaba a él. Le miré de soslayo y le cerré la puerta en las narices. Ingenuo…

El sobre apestaba a tabaco de bar y tenía alguna mancha como si se le hubieran caído encima unas gotas de lo que parecía cerveza. La sonrisa se pronunció en mi rostro aún más, si cabe. El gato me rondaba entrelazándose entre las piernas. Le acerqué la carta a la nariz y se puso a ronronear. Era gesto suficiente para decirle al animal que su amo regresaba a casa. Nadie más era capaz de enviar algo con el olor del que se pasa la vida en los garitos con forma de caja de zapato, llevando el ritmo como piel y regalando espectáculo.

No abrí la carta… de momento. No era un hombre de muchas palabras, y mi curiosidad podía aguantar un par de días, hasta cuando necesitara sus ánimos.
Volví a verme las caras con el desayuno, con mi café frío y con las galletas María. Otra de ellas volvió a caer en el líquido color tierra, con ganas de empaparlo todo al tirarse en una piscina sucia.




Daba igual, hoy va a ser un buen día, nada lo va a estropear.














Dale, dale, dale a la guitarra. Dale que tu eres el rey de la marcha... y échale caña al vivir que son dos días y tres cafés.

lunes, 19 de enero de 2009

Comment naissent les avions


Encerrada en una habitación
apaga todas las luces
y observa, con rubor,
cómo el cinto Orión zurce.

Ella quería echarse en el jardín,
en un jardín de nubes
donde nunca llega el sol,
donde con la oscuridad se funde.

Particulares tormentas de colores,
telas cruzadas la atan al suelo
que dejará atrás en casa
en cuanto consiga alzar el vuelo.

Porque la variedad no le sacia,
no llena sus adentros.
con un soplo de vida basta
para cambiarlo todo por negro.

Y se esconde entre las mantas
que no cubren por completo.
Se asoma a la balaustrada
mas se enreda con los sueños.
Y es que el miedo en su cara baila
y le grita a los silencios
que le mata la nostalgia
de lo que fueron destellos.

Regresa al mundo de los vivos
y a su silla destartalada.
Solo queda pedirle al cielo
que como sombra suya vaya.

Si no cambia esta noche,
si despista a la alborada
puede que en la niña aflore
la mujer que está guardada.

Y con ello la luna,
ínntima amiga de su falda,
sabedora de su locura
le confiera el aura que emana.








Cuando leas esta carta, háblales a las estrellas. Desde que he llegado aquí, sólo he hablado con ellas.

domingo, 18 de enero de 2009

Cuantos días, cuantas nueces, veinte años...


- El sollozo era audible en toda la casa a una baja frecuencia, como una sucesión de sonidos graves y cristalinos. El televisor sin volumen mostraba la imagen de la venta de Nueva York a los holandeses por veintisiete dólares. Sobre la mesa, un mantel puesto a medias, una cerveza y el almuerzo frío del que lloraba en un rincón del pasillo. El bulto de aquella esquina estaba visiblemente nervioso, la respiración entrecortada lo evidenciaba. Había llorado. Había estado llorando al menos tres horas seguidas. Alzó el rostro y, con él, la lúgubre mirada hacia el espejo que estaba al otro lado del pasillo y contempló su aspecto con los ojos vacíos. En ellos ya no brillaba nada. Ni el destello blanco de sus ojos negros ni sus fuerzas para seguir adelante. Nada. Una nada que producía la sensación de haberse quedado ciego. Después de cuatro horas con el alma y el cuerpo encogidos sólo se había atrevido a elevar la vista con los ojos rojos de sufrimiento. Rojos por haber sentido un día las escaleras de emergencia de las películas bajo la suela del zapato. Rojos por recoger sonrisas de ánimo que de poco sirven ahora. Rojos por ser testigos del éxito y estar implicados en el fracaso de toda una vida. Rojos de aprender, rojos por descubrir mentiras de la ciencia. Rojos… Quizá no cambien nunca de color. Quizá.

- Dime, gato… ¿Por qué lloraba aquel hombre? ¿Fue el amor? ¿El dinero?

- No, pequeño. Yo lo vi todo, sentado como una estatua en el alféizar de una ventana abierta. A veces él me miraba, y a veces yo le miré. Como ya te he dicho, era como haberse quedado ciego... y eso solo podría significar una cosa. Lloró por los muertos que no mueren en una guía telefónica, por los soldados que envían sus fotografías a la familia creyendo que así envían una parte de ellos mismos. Lloró porque toda su realidad se vio reducida a un unicornio en la quinta avenida, haciendo esquina con la calle de los enigmas sin respuesta, en la antigua Nueva York.













Pero a mi me gusta el siete,
porque es un roto en la vida,
y como estoy descosida,
le digo a lo triste: Vete.
Llegar a la cama y ¡Joder, qué guarrada sin ti!

domingo, 11 de enero de 2009

Y cada herida tiene la forma de tu boca.


Tierra, soy yo la tierra.
Aire, tú eres el aire que me erosiona.
Me manejas, me transportas,
Me meces con tu vaivén incansable.
Moldeas mi cuerpo,
Remarcas mis curvas con tu aliento suave.

Aire, eres aire.
Muestras mis caras al mundo,
Me provocas y crezco.
Me provocas y callo.
Acabas cubriendo mi enfado con tus dedos,
Con caricias de tus manos.

Las montañas encienden tu furia paranoica,
Te calmas en mis prados.
Tu desesperación enloquece la arboleda,
Que tiembla de espanto.
Y comparto los delirios
Con fuertes raíces y sus abrazos,
Que son para mí igual que
Mil niños asustados.
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Yo vine aquí para cantar
Y para que cantes conmigo

miércoles, 7 de enero de 2009


Aturdida por culpa de la cara helada del viento llego hasta la cima de la blanca pendiente. Me asomo y doy un paso atrás instintivamente para huir del posible riesgo.

Pero un punto de locura me impulsa hacia abajo, dejándome llevar, haciendo que disfrute del rozar de mis cantos con la nieve recién caída. Ahora que estoy lejos es mi droga preferida, la que se asemeja a las susurrantes palabras sabias de la voz sin rostro ni nombre.

El sol me llena.
La velocidad embriaga.

Al llegar a la mitad de la ladera me permito el lujo de dejar de prestar atención a los giros que realizo y comienzo a fantasear. Esta vez, el manto blanco que cala hasta los huesos se queda atrás y aparece la fina arena de colores sin mezclar, montones de tonos perfectos. A lo lejos se escucha el rugir de león que habita en este desierto, el mismo que muere cada atardecer para dejar paso al bosque de árboles gigantes y renace cada mañana para mostrarnos de nuevo sus dominios.

Pienso en todo y no pienso nada. Este momento se merece una canción, como todos los de locura sin previo aviso. Además, las canciones locas piden a gritos mudos formar parte de idas de cabeza como esta.

Sonrío al pensar en el frío que se fue en cuanto me lancé montaña abajo.

“…De leña seca su ropaje,
Petenera su lamento.
En carne viva el carruaje
Que la lleva a sus adentros,
LA SONRISA DESPEINADA
DE IR EN CONTRA DE LOS VIENTOS…”


… …

Y llego al plano, pierdo velocidad, el sol se esconde entre las cumbres que rodean el valle al que desemboca mi imaginación.

No me preocupa haber terminado con el espejismo. Vendrán muchas montañas que subir, muchos momentos en los que dudar si tirarme al vacío o esperar en la cima, muchas experiencias a las que poner banda sonora, y muchas bandas sonoras que buscan experiencias nuevas.



Y no pienso pasar todo eso sola, ni mucho menos.












Al andar se hace camino
Y al volver la vista atrás
Se ve la senda que nunca
Se ha de volver a pisar.
Os he echado de menos.